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viernes, 6 de noviembre de 2009

Logoterapia

Esta gripe no se va, así que decidí ir al médico clínico. Saqué turno con el único médico que apareció viviendo en mi barrio en la cartilla on line de la prepaga. No pedí referencias ni recomendaciones, sólo esperaba no encontrarme con un tarado. Llegué y en la sala de espera había dos viejas entregadas a la gran chachara, los muebles eran antiguos, las paredes no se pintaban hacía un siglo y como era planta baja no llegaba luz natural por lo que había un velador prendido a pesar de ser las 4 de la tarde. Todo me "daba a viejo" y me quise matar del sólo pensar que el Doc. sería un hombre anticuado con una medicina poco aggiornada y que su incipiente sordera no le dejaría oír mis latidos por el estetoscopio.

En fin, ya estaba jugada.

Me atendieron rápidamente, el Doc contaba unos setenta y pico pero se lo veía erguido y jovial. Era alto, canoso, de ojos azules vivaces e intensos. Lo primero en llamarme la atención fue la manera cálida de recibirme: beso en la mejilla y sonrisa (eso en un médico es bastante teniendo en cuenta que suelen imponer una distancia escalofriante). Me sentí a gusto, el Doc no llevaba delantal sino su ropa de calle, tenía un look más identificado con el de un profesor intelectualoide de la Universidad que un médico clínico en actividad privada: sweater escote en V de lana marrón y pantalón de corderoy.

Yo:
Sí, venía porque tuve una gripe fuerte hace dos semanas y sigo congestionada. Puede ser alergia, no?,¿o tendré las defensas bajas?- siempre empiezo tirando una batería de preguntas-.

Médico Clínico:
Qué edad tenés?

Yo:
Treinta.

Médico Clínico:
¿Casada? ¿Con hijos?

Yo:
Soltera. Sin hijos.

Médico clínico:
¿Puede ser que andes mal emocionalmente por algún motivo reciente?

Yo:
Bueno... (no sé porqué sacó esa conclusión luego de haberle dicho que a mis 30 no estaba casada ni con hijos, pero bueh...). Fue un año raro, sucedieron algunas cosas, puede ser que haya estado baja de ánimo.

Médico Clínico:
¿Algún problema amoroso últimamente?

Yo:
mmm...nop. Bueno, me dejé de ver con alguien hace un tiempo, pero ya va a ser un año que no nos vemos, así que no creo que incida en nada.

M.C.:
¿Problemas en tu casa?

Yo:
-Ahora sí, ya me parecían demasiadas preguntas personales para ser un médico clínico-. Bueno...si, lo habitual. La convivencia es difícil, los problemas de siempre... (A decir verdad, TODO me molesta en mi casa).

M.C.:
¿Haces algún tipo de terapia?


Yo:

Sí. Psicoanálisis lacaniano. Hace unos cuatro años.

M.C.:
Y ves cambios?

Yo:
En algunas cosas si y en otras no tanto.

M.C.:
¿Pensaste en cambiar de terapeuta?

Yo:
Sí, y de terapia también!! Quiero hacer terapia sistémica, terapias más cortas, me parece que el psicoanálisis no es para mi. (Vi que el Doc estaba en sintonía con mis inquietudes así que le agregué datos a mis respuestas para colaborar con su interrogatorio y mostrarle mi voluntad de cambio) Ah! también hice yoga para salirme de lo tradicional y ver si por el lado del cuerpo y la meditación encontraba nuevas formas para sentirme mejor.

M.C.:
¿Y como venís de autoestima?

Yo:
Ah, noooo -no aguanté más, el hombre iba directo al grano y yo no veía la hora de que me hiciese toser un poco, me examinara los ojos, me preguntara si hay alérgicos en mi familia y me recetase dos resfrianex por día-. Disculpe, pero Ud. es psicólogo??? por no decir...VIDENTE?!!!

M.C.:
Y... más o menos. Practico la logoterapia, una psicoterapia creada por Viktor Frankl. Trabajamos con las personas teniendo en cuenta su completitud, como individuos físico-psico-sociales.

Y dejando fluir su costado narcisista me explicó: ves ese cuadro? bueno ese es un premio que gané por la Fundación Viktor Frankeiln en Viena. Él fue un psiquiatra que estuvo preso en campos de concentración nazi y dentro de esa experiencia observaba cómo el ser humano buscaba encontrarle sentido a la vida.

Yo:
Y... jodido, no? Digo, encontrarle sentido a la vida en medio de un campo de concentración nazi... (Ahí, el Doc ya había capturado mi atención totalmente. Llegué a casa y lo primero que hice fue googlear a Frankl y leer todo lo que se me aparecía en pantalla acerca de la logoterapia).

Pero M.C. no perdía el hilo del todo y arremetía de nuevo incrustando su mirada en la mía sin parpadear:
Entonces...cómo estás de autoestima?

Yo:
(Risitas nerviosas). Yyyy...je, jeje, je... (Dale Sole, decí algo, estás quedando como una boluda- pensé-). Bueno, y...de autoestima vengo para atrás. -"Este HDP, es vidente!!! Y dale meter el dedo en la llaga y dale... cuándo será el momento en que agarra el puto estetoscopio y me haga abrir la boca y hacer "aaaaaa""-. Al desnudo, descubierta y casi llorando le dije: pero ahora estoy mejor, eh? Es cuestión de encontrarle lo positivo a todo.

MC:
No, a todo no. Por que todo no es positivo. Hay que saber diferenciar lo bueno de lo malo, lo malo no tiene nada de positivo, hay que evitarlo.

Yo:
Bueno, si...yo me refería a superar la adversidad y quedarse con lo bueno de esa experiencia de auto-superación.

MC:
Bueno, eso podría ser. Pero eso sería más bien la doctrina del sufrimiento: tratar de encontrar lo bueno en lo malo y aprender a sentirse bien con eso.

Yo:
Mierda!!! Nunca lo había pensado así.

Al fin llegó ese bendito y esperado momento en el cual el Doc agarra el puto estetoscopio y hace lo suyo dejando de escarbar en mi psiquis. La logoterapia me tomó por sorpresa. El Doc resultó ser un capo que me mandó a hacer varios análisis de rutina. Yo ansío volver en breve, pero esta vez, preparada para una charla profunda e introspectiva y con una lista de preguntas acerca de la logoterapia y sus experiencias con Viktor Frankl.



*V. Frankl era un neurólogo y psiquiatra austriaco que en su juventud se carteaba con Freud quien le publicó varios de sus artículos. Luego de su experiencia en los campos de concentración nazi y de haber creado la Logoterapia basada en la "voluntad de sentido" siguió su vida destacándose profesionalmente, al mismo tiempo demostró ser un gran escalador y piloto de avión, consiguiendo su registro a los 67 años de edad.

jueves, 22 de octubre de 2009

Frankenstein Cibernético

El ciber-espacio nos invita, casi que nos exige recrearnos en sus redes. Y que mejor que las web 2.0 para inventarnos alias, vidas paralelas, monstruos virtuales que buscan un lugar de atención entre sus mil "amigos". Las web 2.0 es un lugar donde el ego estalla y se generan vidrieras de uno mismo, donde se exhibe un recorte de nuestro mundito para mostrar y donde también, nos convertimos un poco en voyeur de otras vidas. Un universo nuevo y tecnológico se abre expandiéndo nuesto yo, siendo nosotros mismos pero sin serlo: es lo que somos y lo que quisiéramos ser. Lógico, hay excepciones, todo depende del uso que se le dé.

Pero en general, hay ciertas actitudes que nos evidencian lo anteriormente mencionado, como por ejemplo: las pendejas que se sacan la auto-foto medio en tarlipes frente al espejo de algún boliche, los que cambian, casi maniáticamente, su estado y nos cuentan a cada minuto que tan deprimidos están, los enamorados, los estudiosos, los que buscan pareja, los que están de levante o de trampa... En fin, facebook es una gran extensión de la vida misma, es un mundo paralelo donde uno puede tener tantos "amigos" como quiera y sentir que puede compartir y estar menos solo que en su propia realidad. Vivimos - o sobrevivimos- en un mundo fast food, donde priman las urgencias y escasea el tiempo para generar vínculos duraderos. Hoy día, uno se relaciona a través de la tecnología, es decir, que te enterás lo que le pasó a tu vecino por el noticioso de la tarde, de cómo está el clima por la TV (no hace falta salir al balcón) y te haces amigos mediante la pantalla de la compu.

En fin, este interludio solo es excusa para contar el colmo de los efectos colaterales del facebook. El sábado pasado me fui con una amiga, a la que no veía hacía mucho tiempo, a un bar con el fin de ponernos al día. Entonces, mi amiga me contó que se había armado una especie de frankenstein cibernético, es decir, una cuenta ficticia en facebook. Me dijo que era un chico (vamos a llamarlo "Nico"), y que lo había armado a piacere: era psicólogo, actor, con unos años más que ella, con gustos musicales afines, le apasionaba el cine, tenía mucha onda, en fin...el chico ideal. Y así como en tiempos pre-web 2.0 una se auto enviaba flores a la oficina para llamar la atención de su "chico" al tiempo que leía aquella tarjetita que llegaba adjunta al ramo y que una misma había escrito horas antes; ese triste, -aunque divertido- mecanismo de seducción desesperado se reproduce en la web pero de una manera mucho más efectiva. Nico es un robot dulce y amoroso que mi amiga pone en acción cuando sus chongos andan medio desaparecidos. Ella lo creó bajo la resentida misión que pasó a denominar : "el polvo has de comer". Y lo mejor de todo es que... funciona!!!

Amiga:
Boludaaa, pero si vos lo tenés de "amigo". Viste ese chico, ese super dulce que siempre se acuerda de mi, de mi cumpleaños, que no para de decirme lo bien que salgo en todas las fotos y lo hermosa que estoy día a día?

Yo:
Paraaa... Nico?!! Justo te iba a preguntar por ese chico, es un bombón!

Amiga:
Bueno..."holaaaaa"- haciendo ademán de saludo con la mano- Nico soy yo.

Yo:
Nooooooooooooooooo. Con razón! No podía ser tan perfecto ese chico, tan caballero, tener tanta onda. Tenía que ser una mina, lógico! Dice todo lo que queremos oir!

Amiga:
Y te digo que funciona, eh? Lo pongo a postear un día y al siguiente tengo a todos mis chongos llenando el celu de mensajes; es psicología básica, son así!

Yo:
Jajaja. Y, yo usaría a Nico para misiones distintas, los chongos que se maten! Pero lo usaría para husmear en las vidas de aquellas personas que me muero por saber en qué andan y no los puedo agregar desde mi perfil, es decir, desde mi identidad real! Prestame a Nico, por favor, así polulo por los muros... Paraaaaaa, nos fuimos al carajo! Todo lo que estamos diciendo/ haciendo es bajísimo, esta mal, bah... estamos mal, no?!

Amiga:
Pero no, esta re bien!!! Don't worry, be happy. Es más yo lo tomo como un trabajo de campo; podés creer que mi criatura tiene más "amigos" que yo, tiene más vida social que yo!!! Lo invitan a todos lados, las minas se lo quieren levantar, y te das cuenta cuán caretones son algunos porque le escriben en el muro haciéndose los amigos y el flaco, no existe! El otro día una mina le posteo que lo había visto en un recital (¿?)

Yo:
Perooo....vos le pusiste foto?

Amiga
No, tiene la foto de los ojos nomás, son los ojos de un actor que me en-can-ta!

Yo:
Tengo que admitir que sos muy grosa y que las minas están re calientes porque mirá que mentir así, tan descaradamente, qué vio... un fantasma?!

Amiga:
Bueh, no hablemos de mentiras cuando planeamos nuestras maquiavélicas formas de obtener lo que queremos. Lo cierto, es que Nico tomó vida propia y ya tiene su lugar ganado dentro del planeta facebook.

Yo:
Grosso, la internechi, grosso.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Manicomio itinerante

Al volver a casa una noche oscura de lunes escuché un diálogo muy poco común (aunque me resultase familiar debido a los millones de thrillers psicológicos que he visto a lo largo de mi vida). Levanté la vista para contemplar quién expresaba tanta angustia en palabras. Ahí mismo, vi a una pareja caminar abrazada resguardándose del frío invernal. Ellos contaban unos cuarenta y tantos; vestían jean y camperas impermeables. Ella dejaba sus rulos sueltos y desordenados, mientras él la tomaba del brazo. Los vi pasar rápido, caminaban en dirección opuesta a mi y, por unos pocos segundos, logré escuchar el sonido de sus voces. Entonces, los acompañé con la mirada, me quedé quieta, me di vuelta, los vi pasar, quise seguir escuchando pero ya no lograba oír nada, las palabras se esfumaron y me sentí rara.

Ella decía colmada por el pánico: "me ataron, me golpearon, me violaron". Lloraba desesperada, lloraba al temblar. Su voz se ponía más aguda y quebradiza.

Él la llevaba fuerte del brazo, la interrumpía y en voz calma, muy calma y consoladora, la tranquilizaba: "nadie, nadie te ato, nadie te golpeó". Pero la voz de ella, ahora casi inaudible, le respondía entre cansada y enfurecida: " Sí, si que pasó, si que me ataron...".

Al rato, la pareja de espaldas, volvía a ser una figura recortando el fondo de las calles porteñas.

Yo no supe qué hacer. Podía buscar a algún policía y decir lo que había escuchado, decir que a esa mujer la estaban torturando, que ese hombre que la llevaba del brazo era un sádico psicópata y que el destino me puso ahí para que hiciese algo, que ella había hablado adrede para que yo escuchase e hiciese algo. No quería que ella fuese el próximo titular de Crónica y decir: "yo la vi, yo sabía y no hice nada".

Por otro lado, podía pensar lo más sensato y razonable: que la señora en cuestión estaba loca, que era mitómana o esquizofrénica, y que el pobre hombre a su lado la amaba profundamente y soportaba con dolor verla sufrir hundido en una triste impotencia.

Eran dos películas distintas: una era un drama europeo y la otra, el mejor suspenso yanqui. Sólo sé que me decidí por el drama, quizás para tranquilizarme un poco y poder seguir camino a casa. Así y todo, esa imagen cual película de hollywood -pero en vivo y en directo- me dejó muy movilizada. Si a esa mujer le había sucedido o no lo que contaba lo mismo daba, ella actuaba como si hubiese ocurrido, ella estaba tan segura de haber sido víctima de una vejación tal, que el miedo en sus palabras era cientos de veces más creíble que cualquier interpretación realizada por una actriz consagrada; es que la mujer en cuestión no estaba actuando, ella estaba convencida y sentía lo que estaba diciendo. Ella estaba siendo torturada por sus recuerdos, ya sean éstos reales o falsos.

Yo volví a casa y traté de eliminar los distintos flashes que invadían mis pensamientos con escenas violentas. Esa noche como tantas otras, mi hermana llegó sonriendo; venía del videoclub y agitaba una película con su mano. Yo no pude más que preguntar: ¿es de suspenso???

sábado, 18 de julio de 2009

Mielcitas

Ayer me encontré con mis compañeros del primario en una parrilla que queda llegando a Villa Urquiza. Algunos estaban igual, eran un calco de la infancia; otros, dejaban entrever alguna señal de lo que supieron ser. El resto, estaba totalmente irreconocible, eran individuos distintos...
Yo me quedé contenta con el típico ¡estás igual!!. Esa frase, pisando los treinta (bah, ya bien pisoteados), generaba una sonrisa instantánea en mi rostro y una simpatía única por quien me ofreciera tamaño piropo. Aparte cualquier falsedad sería consentida: ellos por mentir y yo por insistir en creerles...
En fin, el asado estuvo riquísimo y el encuentro superó las expectativas. Es más, quedamos en encontrarnos próximamente para hacer un patín sobre hielo!!
Obvio que al reunirnos pintó toda la onda retro y hablamos de programas de TV, música y juegos con los que rememoramos nuestra adorada infancia.
En total éramos ocho: seis chicas y dos chicos (no sé porqué, pero a dónde vaya las mujeres siempre somos multitud). Uno de los chicos trajo golosinas para todos: mielcitas!!! Siii, ya me había olvidado de las mielcitas! Siempre me gustaron estéticamente en sus variados y vivos colores, pero jamás fui de consumirlas demasiado porque me generaba impresión el estar lamiendo el envase y pensar al mismo tiempo que el kiosquero se tocó el culo cuando se disponía a colocarlas en el mostrador.
En un momento dado, no sé cómo (supongo que debido al vino ingerido), en medio de un popurrí de anécdotas, se me escapó el hecho de que a mis tiernos 19, entré a un puterío. Sí, a un puterío! Y pude ser testigo de los hechos que tienen lugar en dicho sitio vedado al sexo femenino (claro está: a no ser que labures como prostituta, barman o bailarina del caño).
En fin, con ese simple título: "yo fui a un puterío" me gané el silencio automático y atento de mis oyentes. En realidad, la cosa no era tan rara como sonaba si se sabe cómo llegué hasta ahí. La historia es simple: una tarde de calor, había ido con quién en aquel momento era mi novio, y con dos amigos suyos a ver a los Cadillacs. Era en uno de esos espectáculos al aire libre que se hacían en verano por Puerto Madero, creo que se llamaban "Buenos Aires Vivo", o algo así. Al salir, planteamos el tema de a dónde ir a tomar algo y la casualidad hizo que el amigo de mi ex novio tuviese un padre dueño de un cabarute. Así que, estábamos frente a la posibilidad de tomar lo que se nos antojara gratis y jugar pool hasta el hartazgo. Cuando me comentaron que se trataba de un puterío me dió un pequeño temblor, sentía que iba a estar fuera de lugar (lógicamente), pero al mismo tiempo sentía intriga. Era una oportunidad (tal vez la única) de meterme en un mundo netamente masculino y espiar por la rendija ese universo tan ajeno a la rutina femenina. Mi vena periodística se brotó y tuve curiosidad de saber por mi misma de qué se trataba todo ese antro machista, más allá de lo que se puede apreciar por los relatos de amigos o alguna que otra película. Así que fuí.
El lugar era bastante feito y precario. Había corazoncitos de colores pintados en las paredes, daba una sensación de berreta, de mal gusto. Abajo estaba el pool, por lo que nos quedamos ahí jugando y tomando algo mientras nadie nos jodía. Luego, subimos al primer piso que estaba mucho más oscuro y lleno de sillones. Las minas se paseaban semi desnudas por las mesas. Yo me pegué a mi novio y fuimos directo a la barra. El dueño nos dio una bienvenida a sonrisotas y desde atrás de la barra nos servía cualquier cosa que pidiéramos. Nos fuimos al rato. No había mucho para ver y ya había saciado mi curiosidad. El lugar no estaba bueno. Seguro hay puteríos mejores.
Cuando terminé mi relato mis compañeras se quedaron por unos segundos calladas. Me dije: "mierda! yo no las veo hace mil años, mirá si son las minas más puritanas y recatadas del universo!".
Traté de hacer reaccionar a Lorena, le pregunté si se había quedado mal (me parecía que no tenía mucho sentido, era una bobada).
Sin embargo, Lorena me miró, levantó sus cejas e inesperadamente, me dijo: "Eh?! naaaaah, que me voy a quedar mal, si yo también entré a puteríos, iba a vender CDs". Y cuando me empecé a sentir más normal, Lore se desató y escupió: "y los lugares swingers??? Esos donde van y se intercambian parejas! Yo fui ahí con Noelia, entrás y podés ver. Pete de acá, pete de allá, todo el mundo haciendo pete, un olor a pija terrible!!". Morí de risa. Cómo lo contaba merece un capítulo aparte, ella está para hacer stand up.  Claro, ahí mismo entendí que Lore no estaba ni ofendida, ni seria: Lore debía de estar aburrida!! Y, para mi mayor asombro, me recomendaba: "andá, no te cobran nada y te morís de la risa, vas entrás y mirás... a algunos les gusta que los miren" (¡¿?!) Too much. La última vez que la ví a Lore llevaba un guardapolvo blanco, una valija negra haciendo juego con unos anteojos a tono; y era tan tímida que casi no le conocí la voz en todo el primario. Claramente, aquella niña ya no está presente, por lo menos no en este relato.


Volví a mirar las mielcitas y se mezclaron sensaciones: esas golosinas que rememoraban una infancia y las charlas sobre puteríos avisándonos que crecimos. El contraste era importante.
Me fuí a casa y limpié las mielcitas con alcohol y las dispuse para verlas a trasluz y apreciar cómo se reflectaban en sus mil colores. Nosotros crecimos, pero las mielcitas se siguen vendiendo, están ahí recordándonos lo que fuimos, lindas y ricas... como la infancia.

miércoles, 8 de julio de 2009

Sobreviviendo a la gripe A

A pesar de la paranoia por la gripe A, una veintena de amigos se dignaron a pasar a saludarme por mi cumple en el bar. Yo había avisado, en tono irónico, que llevaría alcohol en gel con aloe vera y barbijos para repartir entre los valientes que se atreviesen a cruzar la línea que separa la salubridad de su hogar del infestado mundo exterior. Obvio, el primero en toser iba a morir, siendo previamente desterrado de nuestra taberna espirituosa y nocturna.
Muchos cobardes se quedaron encerrados en sus casas bajo los barrotes invisibles de la mente, perdidos en una sobre-información de ideas ajenas y contradictorias...

A mi no me importaba nada, yo cumplía 30 y había que festejar!!! No venía llevando bien el cambiazo de década y la idea de celebrar tenía el fin de contrarrestar la idea del suicidio. Al mismo tiempo que brindaba, mi inconsciente me fallaba y hacía tod
o lo que, se suponía, no debía hacer bajo la coyuntura de alerta nacional. Pero las cosas se dieron así y mi ánimo estaba tentando a la suerte: esa noche pasé por tres lugares públicos, intercambié fluidos salivales (la persona en cuestión parecía sanita y rozagante) y saludé a todos con abrazos y besos en la mejilla. Al día siguiente, por si no había hecho lo suficiente durante la jornada anterior, me metí en un teatro atestado de gente a ver un espectáculo de la danza del vientre.

Ya pasaron las 72 hs reglamentarias y me encuentro vivita y coleando, sin ningún síntoma, sin ninguna señal del barba por llevarme en un viaje eterno al más allá.

Sin embargo, mis amigos, los cobardes amontonados bajo el calor de su hogar, a la primera de cambio, yendo para el laburo en el subte se cruzaron con tantos microbios que no sé si estarán sugestionados, pero están todos con fiebre y engripados!!! Pobre gente! Y sí, la vida es una lotería!

Yo la pasé super bien, aparte la adrenalina de estar cara a cara con la muerte me hizo sentir más viva y jovial. Fue como la peli Cocoon, ese elixir que necesitaba para rejuvenecer un lustro y cambiar mi humor.

Gracias gripe A!!!! Mátame cuando quieras, pero déjame morir sintiéndome joven y espléndida!!!



jueves, 14 de mayo de 2009

Garbanzo

Mi amigo Juan estaba conectado en el Messenger y su nick rezaba: “Garbanzo”.

Yo dí por sentado que, siendo el mediodía de un sábado, debía estar preparando unos garbanzos exquisitos. Por lo que me auto-invité al almuerzo:

Yo: y... ¿están ricos los garbanzos?

Juan: eh?!Nooo, ningún garbanzo!

Y, enseguida, me explicó que acababa de llegar de su clase de italiano y que resultó que garbanzo en italiano se escribe “ceci” y se dice “chechi”. Y que ésto, obviamente, le recordó al amor de su vida: Cecilia. Por lo que su nick era una especie de homenaje a ella.

Si bien terminé comiendo alguna cosita fría que, por casualidad, hallé en la heladera (pues, no contaba con ganas de cocinar), se me dibujaba una sonrisa al pensar en el sobrenombre que Juan había encontrado para tener presente a la susodicha. Claramente, un romántico, ridículo, pero romántico.

viernes, 1 de mayo de 2009

Exhibicionismo Cibernético

Tenía unos dieciocho años y mi terapeuta se encontraba un poco perpleja ante la idea de que me hubiese topado con tantos exhibicionistas a lo largo de mi, para ese entonces, corta existencia.

Recuerdo el primer incidente en que un exhibicionista irrumpió en mi vida. Yo tenía unos quince años y con mis compañeras del colegio habíamos ido a festejar el día del amigo a los bosques de Palermo. Éramos como ocho y habíamos planeado alquilar unos biciscafos para pasear por los lagos. El sol en el cielo protagonizaba sin contar con ninguna nube que le hiciese de extra. Las quinceañeras pedaleábamos sonrientes, mientras comíamos algunos de esos copos de azúcar que se consiguen en los puestitos de los alrededores.
Ahí estaba yo, respirando aire fresco y sin mucho de qué preocuparme hasta que, pasando por una curva, miré a un costado y mi sonrisa quedó, instantáneamente, congelada. Me había topado con una imagen que, definitivamente, no encajaba en el resto del paisaje: recostado sobre una palmera, sentado en el pasto, un tipo de camisa hawaiana me miraba realizando gestos libidinosos con su boca: sacaba su lengua, la enroscaba, la sacudía, la guardaba y la volvía a sacar, mientras se hacía una paja a dos manos. "¡Un verdadero asco!" -pensé yo-.

Una vez superado el golpe violento de ese cuadro desagradable, comencé a gritar. Mis amigas, que seguían parloteando ajenas al asunto, me preguntaron porqué chillaba. Yo respondí asombrada: “pero…no vieron eso?! No lo vieron al tipo, ahí contra la palmera que pasamos recién, haciéndose una paja?!”. No sólo no lo habían notado, sino que tampoco se mostraron muy perturbadas por mis comentarios, por lo que me callé y traté de seguir disfrutando del paseo.

Ese sería el primero de una seguidilla de exhibicionistas que se cruzarían en mi camino. Estaba de racha: me los cruzaba arriba del bondi, en el Jardín Botánico, en la entrada del edificio donde pasaba mis vacaciones en Mar del Plata, arriba de los autos y el último, en una parada de colectivo por San Telmo al salir de una fiesta a las cuatro de la mañana.

Por algún motivo mi psicóloga (los psicólogos siempre tienden a escarbar acerca de cuánto hay de nosotros mismos en cada cosa que nos pasa) me quería responsabilizar por lo sucedido, como si yo anduviera por la vida mirando braguetas! Para mí, estaba claro que se trataba de alguna nube negra siguiéndome, mala suerte. Quizás, la explicación se hallaba en el hecho de que las niñas-adolescentes generan (creo yo) una excitación extra en estos pervertidos, ese morbo por corromper la inocencia, vaya uno a saber... De hecho, cumplido mis diecinueve jamás me volví a topar con ningún hombre tan orgulloso de su sexo al punto de querer compartirlo con el resto de la humanidad, y no es que crea que se hayan extinguido.

Hacía mucho que no me preocupaba por esta calaña de individuos hasta ayer; cuando mi prima, de dieciséis años, me contó cómo luego de haber agregado a un chico que no conocía al msn, quedó traumatizada. El sujeto le pidió autorización para una invitación de webcam, a la que ella aceptó. Inmediatamente, la cámara sólo mostraba las partes íntimas del muchacho en cuestión. Éste se zarandeaba de un lado al otro, se meneaba orgulloso de lo que mostraba o provocaba, protegido en el anonimato del chat. Era exhibicionismo de vanguardia!!

El intruso dentro del monitor, nos estaba mostrando cómo las nuevas tecnologías nos modifican en nuestras conductas, en nuestros lenguajes y este chico sin ser la excepción, nos daba una clase de exhibicionismo cibernético. El resultado de esto fue una puteada de mi prima: “aaa...qué lindo papi! ¡Porqué no te vas un poquito a la mierda!". Y lo borró del Messenger.

Evidentemente, no sólo no se extinguieron sino que ahora, vienen informatizados.

viernes, 24 de abril de 2009

“Me limaron las ruedas”

“Los maravillosos años”, serie norteamericana de los años '80 y principios de los ‘90, nos muestra como su protagonista, Kevin Arnold, debe enfrentarse día a día a su adolescencia. Era un chico de clase media cuyas jornadas no terminaban siempre de la manera más feliz. Aquí se encontraba, creo, el punto más fascinante de la serie, en el que nos sentíamos identificados: Kevin sufría al igual que todos, se avergonzaba por cosas similares y sus padres no eran millonarios.

“Los maravillosos años”, revelaba el lado humano del personaje distanciándolo, por ejemplo, de los chicos perfectos de la serie Beverly Hills 90210, que se emitió varios años más tarde.

Por otro lado, llegó un momento en el cual yo -que adolecía en mi propia realidad-, me cansé de ver las pálidas de Kevin (ya tenía bastante con las mías) y dejé de verlo. Entonces podría decir, que en mi caso, el fuerte de la serie terminó siendo la fuente de su fracaso.

El otro día me sorprendí a mi misma pensando en esa serie y en cómo Kevin se avergonzaba del auto chatarra que tenía su padre. La familia de Kevin no era de esas que compraban un auto 0 km cada cinco años, las cosas se conseguían difícilmente y en el caso de ser logradas eran vistas como algo surrealista, glorioso.

Repasé un poco mi infancia y enseguida me sonreí al hallar mi “momento Kevin”.

Yo tenía nueve años e iba al club con mi familia todos los fines de semana. Allí practicaba patín artístico sobre ruedas ya hacía más o menos unos dos años. Con mi profesora de patín insistíamos siempre a mis padres (vanamente) para que se decidiesen a comprar las ruedas requeridas para este deporte. Las ruedas profesionales eran chiquitas y blancas, las había distintas para cada tipo de superficie. Luego, les seguía en calidad y precio las azules y por último, las negras. Las mías eran naranjas. Y de diámetro exagerado.

Mis viejos, demostrando poco tacto, me regalaron unos patines de bota estrafalaria, en colores azul y amarillo (y eso que yo soy de River). Ni por lejos se asemejaban a las hermosas botas de cuero blanco que tanto anhelaba.

Es de conocimiento popular lo sensible que son los chicos a esa tierna edad, cómo se alejan de todas las diferencias (así como lo crueles que pueden ser con ellas), y cómo intentan parecerse lo más posible a la manada.

Bueno, entonces entenderán cómo me sentía yo cuando veía llegar a mis compañeras de patín con sus botas blancas, cubre botas, ruedas híper-profesionales y sus porta-patines, esos bolsitos especiales que las hacían ver divinas con un patín colgando de cada lado del hombro.

Yo llevaba (escondiendo entre las piernas) un bolso viejo, rectangular, escocés, de manijas de cuero roto. Uno de esos bártulos añejísimos que fue hallado por casualidad en algún rincón de la casa. En fin, un verdadero desastre!

Un día no soporté más e increpé a mi padre: "estas ruedas no sirven para nada; yo necesito las blancas, esas chiquitas". Mi papá miró de arriba a abajo mis patines y, aunque convencido de que nada malo hubiese con ellos, se los llevó con la promesa de solucionar mi problema.

A las pocas horas volvió. El brillo en su sonrisa era una exclamación de victoria. Me dijo entre canchero y orgulloso: “Las querías más chicas…acá las tenés más chicas”. Me costó unos segundos comprender lo que había sucedido, pero pasado el shock inicial pude entender: las había limado!!!!

Lo noté tan contento con su trabajo de artesanía que, por piedad, me reprimí las ganas de gritarle: "pero vos sos loco, cómo me vas a limar las ruedas!".

Él estaba segurísimo que si uno patinaba bien, patinaba bien con cualquier cosa: "mirá a Vilas sino... él juega bien con la raqueta de madera, con la de grafito, juega bien con todas!".

Le respondí indignada: "pero papá, en los tiempos de Vilas la madera era lo mejorcito, todos jugaban con madera, porqué no le alcanzás una raqueta hecha de paja y alambre a ver cómo juega, eh, eh?!".

Cuál versión propia de "me cortaron las piernas" (Maradona, 1994) yo exclamaba: "me limaron las ruedas!".

No sólo seguía teniendo las ruedas anaranjadas con ese material que se adhería a la pista, sino que mi vergüenza alcanzó niveles exacerbados cuando tuve que llegar a clase con mi elemento deportivo "recortado" en casa: Kevin un poroto!

Un día, al fin, se rompió mi bota colorinche; con mi profesora nos abrazamos en un salto de alegría.

Era mi oportunidad. Había que conseguir las botas blancas.

Y así fue, me fui con mis padres hasta Carapachay (no sé porqué sólo se vendían ahí) y las compramos. Yo estaba feliz con mis botas nuevas.

Las ruedas no las conseguí nunca. Siguen limadas.


viernes, 17 de abril de 2009

Talk Show en la Facultad

Hoy jueves tuve clase de Seminario de Diseño Gráfico en la Facultad de Ciencias Sociales. El práctico lo daba Pompei, un profesor treintañero, que habla raro, se viste “casual” (hoy, por ejemplo, vino con una camisa colorada, jean y morral verde militar -infaltable en Sociales- colgado al hombro), en su discurso suele irse “por las ramas” y no termina de quedar claro qué tan “chapa” está. *

Llegó unos treinta minutos tarde, terminó de fumar su cigarrillo y entró al aula. A pesar de haber paro docente (al igual que ayer y mañana) muchos alumnos lo estábamos esperando, ya que había dejado bien claro en su primera charla que no se adheriría a estos reclamos.

Empezó su presentación hablando sobre un colega que le había mostrado un espacio en Internet donde se hacía referencia a él como un libertino y “drogón”. Esto me causó muchísima gracia hasta que comencé a advertir que sus gestos nerviosos no eran del todo normales. Sentado detrás de una mesa, que hace de escritorio en la UBA, su pierna izquierda se movía irritantemente, al tiempo que su cara hacía unos gestos descuajados a lo Jim Carrey en la película La Máscara.

De golpe, sin entender mucho a qué venía, comenzó a vociferar: “porque yo también tengo una familia: tengo una madre, una abuela, un gato; y estuve leyendo que dicen por ahí que organizo orgías en Palermo”. (¡¿?!) Y enseguida aclaró indignado: “en todo caso las organizaría en el barrio de Congreso que es por dónde vivo”. Parecía que al pícaro divulgador no le había alcanzado con hacer de nuestro profesor una caricatura del Marqués de Sade, sino que, además, lo quiso transformar en un Bob Marley cualquiera: “también dicen que fumo marihuana, ¡que voy a fumar yo esa droga de hippie sucio y que encima es fea, horrenda!”. Creo que en toda el aula se podían escuchar unos grillos haciendo al unísono: “cri-cri, cri-cri, cri-cri”.

Abruptamente más tranquilo, como si le hubiesen inyectado una dosis múltiple de Rivotril, nos explica: “se los cuento yo antes de que lo terminen leyendo por ahí. Si hay algo que no tolero es la falta de respeto”. Era como estar contemplando a un niño enojado e inseguro al que había que tratar de sacar de su paranoia y sus pensamientos circulares.

En fin, pasaríamos con él todo un cuatrimestre así que más valía que nos fuéramos acostumbrando.

Después de todo este interludio, el auditorio no hacía más que mirarse a los ojos a ver si coincidía en un guiño cómplice al pensar: “¡por Dios, qué loco está este tipo!”. Habíamos entrado a la clase creyendo que nos íbamos a encontrar con temáticas filosóficas y sin embargo, nos topamos con un “personaje” que no hacía más que ponernos al tanto de algo que todos desconocíamos, que no nos interesaba, pero que, a mi ver, concluyó siendo mucho más divertido que escuchar acerca de Kant.

Luego, nuestro hallazgo “Jim Carriano”, hizo un repaso estadístico que nadie supo bien a qué venía (como cada frase que salía de su boca): “sabían que en Argentina murieron más personas por accidentes automovilísticos en un año que gente en la guerra de Irak”. Y sin poder olvidar que fue preso de una calumnia estudiantil acotó: “ya veo que ahora aparece un titular diciendo: Pompei está a favor de la guerra”.

Entonces, comenzó a hablar de cierta "hostilidad expectante" por parte del alumnado. No se le entendió muy bien esa parte, pero creo que hablaba de una mala vibra, de todo lo que nosotros esperábamos de él y de cómo el sentía que se tenía que hacer cargo de esas exigencias. Se le transformó la cara, se puso agresivo y enseguida increpó: “¡sepan que no soy su esclava, ni la puta que armaron en Internet!”.

Yo pensaba: “¡¿WHAT?!”. Me reía internamente porque el espectáculo que tenía frente a mí no tenía desperdicio: el hombre estaba loco.

Pronto, retomó el hilo de la charla (a decir verdad, jamás existió tal hilo conductor) y comentó que alguien dijo alguna vez que el pueblo no sólo tiene el gobernante que se merece, sino también el que se le parece. De lo que dedujo que Menem sería algo así como un hijo prodigo que brotó de nuestras entrañas. Si bien la ironía logró hacerme sonreír, no podía dejar de escuchar unos “cri-cri, cri-cri” de fondo que hacían de la acústica, ya maltrecha por los ruidos que penetraban al aula desde los transitados pasillos del edificio, algo imposible.

Pompei continuó “saltando” de tema en tema con una agilidad suprema. Entonces comenzó a explicar porqué no se adhería a los paros: “cortar la calle Ramos Mejía no tiene ningún sentido: si no pasa ni un puto auto! A lo sumo podrá pasar una ambulancia y no quedaría otra que hacerle lugar”. Se ve que en su ejercicio de “asociación libre” esa idea lo llevó a ésta otra: “esto deja claro qué es un problema para la sociedad y qué no: el conflicto del campo es un problema; en Agüero y Santa Fe, salen mujeres que nunca le vieron la teta a una vaca a tocar la cacerola, mientras el paro en la facultad no logró ni un comentario lacrimógeno de María Laura Santillán”.

Todo este trayecto de su discurso me resultó interesante por que coincidía totalmente. Lástima que al rato volvió (o se fue, quién sabe) a mirar la nada, a hacer un silencio largo y empezó a hablar de lo mutable de la vida, de lo cíclico y lo lineal (en fin, no recuerdo bien, en esa parte me perdí) y, de pronto, puso una de sus caras “marca Jim Carrey”: subió las cejas, armó una sonrisa “guasónica”, y con un tono que me sacó del letargo, exclamó: “¡yo quiero que vuelva el Che Guevara!”. Súbitamente, escuché unos “CRI CRI” que me dejaron sorda. El profesor continuaba en su delirio: “¿se imaginan si el Che Guevara entrara ahora por esa puerta? ¿Qué pasaría, eh? ¿Qué pasaría?” Y él solito nos contó qué pasaría en tal caso sumamente improbable: “Primero: nos cagaríamos hasta las patas; y segundo: entraría a los palazos a hacernos levantar de nuestras sillas”. Sin palabras.

Una compañera comenzó a impacientarse, miraba su reloj, se movía de un lado a otro en su silla, daba la sensación de estar observando los momentos culminantes en que una olla a presión comienza a silbar. En algún punto yo la comprendía: la materia es compleja y pasados los cuarenta y cinco minutos de clase el ¿profesor? no había comenzado a dar ni un solo contenido del programa obligatorio.

La veía desesperarse, hacer gestos, exclamar algunas onomatopeyas: “puff”, “grr”; hasta que finalmente no se aguantó y levantó la mano. Pompei la miró y le dijo: “ahora no, cuando yo termine de hablar”. A lo que ella contestó con un “UFFF”, mucho más audible que todos los grillos juntos que me estaban haciendo ruido en la cabeza. El profesor con mirada intensa frenó su relato y entró a patotearla: “bueno, dale, habla, qué querías decir”. Ella no hablaba, lo que hablaba era su desesperación: “nada, que estás haciendo un monologo hace cuarenta y cinco minutos y estaría bueno que tengas más relación con los alumnos, que haya un feedback”.

Él se puso en “tipo duro” y le contestó que la clase la dá él, como a él le parece, que ella no le podía decir cómo él tenía que dar la clase, que la orden de la oratoria la tenía él y que ella debía esperar a que él terminase de hablar para hacer su descargo, bla, bla, bla. En fin, comenzó un talk show donde se debatían “quién la tenía más grande”.

Sobre el final, él le pidió que se cambiase de comisión, a lo que ella respondió con un seco y rotundo: “NO”. Pompei, persona cuya obsesión por el “qué dirán” había sido categóricamente demostrada, se encontró en una encrucijada: todo su alumnado estaba atento (no le había quedado otra) a la discusión, por lo que en su lucha por demostrar cuan “pijudo” es, concluyó: “chicos, acá se terminó la clase”. Y se puso a mirar el horizonte.

“¡Mierda!” Pensé yo. “¡Me vine al pedo!”. Ni hablar las puteadas silenciosas que habrían realizado los chicos que se vinieron hasta el barrio de Caballito desde Tigre, Lomas de Zamora o cualquier otro punto geográfico del Gran Buenos Aires. Yo, mal que mal, estaba a un subte y un colectivo de casa, en un barrio vecino. Igual por solidaridad a mis compañeros pronuncié: “Amén”.

El profesor despotricó toda la clase acerca de cómo le habían afectado unos comentarios calumniadores acerca de su persona, por lo que dudé varias veces en hacer mi humilde mini crónica. No sabía cómo se la podría llegar a tomar en caso de que, en algún momento, algún colega le hiciera el “favor” de hacérsela llegar. Supongo que mal. Aunque, bien podría aceptarla como un elogio: al fin y al cabo, el profe tiene que admitir que su clase es digna de ser publicada ;)




*A modo de ejemplificar mejor: Si alguien vio, alguna vez, el programa de TV Televisión Registrada, entenderá si digo que: Prince + Cantinflas + Jim Carrey = Pompei.

martes, 14 de abril de 2009

Día accidentado

Era la tarde del miércoles y me fui para la facultad con más ganas que de costumbre ya que me “tocaba” la clase del Seminario de Informática y Sociedad. (La materia me encanta, y me gusta muchísimo más porque el práctico lo da el capo de Gustavo Varela).

En fin, el día era azul y estaba todo dispuesto para arribar unos 10 minutos tarde a la clase en la sede de la calle Ramos Mejía. Como me queda trasmano, la manera más fácil y rápida de viajar es haciendo colectivo y subte, logrando unos treinta minutos de viaje en total.

El colectivo se hizo presente en tiempo récord logrando la configuración de una mueca casi imperceptible en mi rostro, en realidad, era una gran sonrisa mental. Viajaba con mi sonrisa mental mirando por la ventana del colectivo. Mi gesto se hizo aún más grande al ver que el colectivo poseía varios asientos vacíos para elegir.

Al llegar al final del recorrido en la Avenida Federico Lacroze y Corrientes me dirigí a paso fulminante hacía la boca de subte. Bajé unos escalones, levanté la vista y el subte se encontraba cerrado. Traté de entrar por la salida que hay dentro de la terminal de trenes, pero noté que no era la única. Una avalancha de personas se apilaba encima del pobre hombre que con una paciencia infinita respondía a todos por igual: “el subte se encuentra cerrado por tiempo indefinido ya que hay una mujer que se descompuso en la estación Angel Gallardo”. “Estación donde me debería de bajar yo!” pensé. Lo de la mujer descompuesta es un eufemismo arduamente utilizado para decir que, en realidad, se “tiró” alguien en las vías del subte y que por esa razón mantienen todo detenido hasta la aparición de una ambulancia. Genera menos horror decir y pensar en una descompostura que en un suicidio.

Obviamente ya no llegaba a mi esperada clase y mi proyección del día ya no parecía ser tan feliz. Fue entonces cuando recordé que alguien me había comentado en otra ocasión que el profesor Varela daba el mismo práctico a continuación del mío, entonces mi sonrisa mental volvió a resplandecer. Llegaría igual para la segunda clase, no podía faltar (ya había desperdiciado la anterior por ver como perdía el seleccionado argentino de fútbol 6 a 1 frente a Bolivia).

Me amontoné junto al aglomerado de personas que, como yo, optaron por el colectivo. El 168 venía abarrotado de gente y si bien conseguí el último asiento vacante, el chofer tardó unos veinte minutos más en terminar de cargar a tope el bondi. Por alguna razón, mi mala suerte no era completa, ya que en ambas ocasiones conseguí dónde apoyar el traste.

Cuando, finalmente, me estaba relajando para seguir unos treinta minutos dentro de ese sauna hecho transporte público, se escucharon unos golpes fuertes unidos a una ola de gritos en la parte trasera del vehículo. Me dí vuelta y los vidrios de las ventanas volaban por todos lados. Tres chicos veinteañeros estaban “cagando a cascotazos” los cristales del ómnibus, mientras las personas gritaban y se movían todo lo que la masa humana les permitía hacerlo.

Yo no lo podía creer, alguna energía negativa estaba conspirando contra mí en ese día. El chofer preguntó si había lesionados, a lo que una señora vociferó que sí. Yo, indolente total, me dije a mi misma “mierda, ahora si que no arrancamos”. Indagué quién se había lastimado y la misma voz que le respondió al chofer me responde: “nadie, nada grave”. Yo seguía pensando porqué mierda se puso en amarillista agitadora, si no pasaba nada, y hubiésemos seguido lo más bien rumbo a nuestro destino.

Lo loco es que los tres individuos en cuestión, luego de lanzar impunemente los cascotes hacía las ventanas, no salieron corriendo, sino que se quedaron contemplando con una sonrisa vivaracha cómo los cristales se rompían y las personas se escandalizaban. Luego del cuarto lanzamiento se fueron tranquilos, caminando por la Av. Federico Lacroze.

Por fin, el chofer, que se había ido a “dar una vuelta”, volvió y nos llevó a todos a hacer la ruta del 168 con las ventanas rotas.

A esta altura, lo único que me importaba era que el rumor acerca del dictado de Varela en una comisión en continuado fuese verdadero.

En un momento el bondi casi choca. Un frenazo abrupto nos salvó de la desgracia. De todas formas, existieron muchas caídas dentro del micro y los vidrios que colgaban como estalactitas de la ventana terminaron por despeñarse encima de las personas que iban sentadas. Más allá de nuestro asombro, los gritos y las sacudidas, seguíamos andando. Merece distinción la exclamación desesperada en tono agudo de una mujer colgada del pasamano: “¡¿Algo más nos puede pasar?!”.

Finalmente, el 168 llegó a mi parada y bajé sosegada de ese suplicio. Me dirigí directo a la puerta del aula y esperé a que finalice la que debió haber sido MI clase. Al salir los alumnos, me precipité a entrar en busca de respuestas. Unos pocos estudiantes le estaban haciendo unas interrogaciones después de hora al profesor, mientras yo esperaba impaciente. Pasados unos minutos, el educador posó su atención sobre mí y pude, al fin, preguntar: “Profesor ¿Ud. tiene otra comisión ahora, no?”.
Me responde muy colgadamente: “Sí. ¿Sabés en qué aula es?”.
Sin dejar de sorprenderme: “No, ni idea. Pensé que ud. iba a saber”.
Mientras nos íbamos a fijar el número de aula a las planillas le comenté acerca de los percances que tuve para llegar a clase. Al Prof. Varela se le dió por preguntar: “¿Hoy es miércoles?”.
Yo pensaba: “¡no puede ser, es más colgado que yo!”. Le digo: “Sí, hoy es miércoles. ¿Por?”.
Su devolución fue fatal: “No… por lo que me contabas de las piedras, por ahí, digo, como los miércoles hay partido…”.

Llegué al aula, me senté y mi sonrisa mental se agigantó entre alivio y estrés.

La clase fue fenomenal como siempre. Varela contaba cómo post la caída del muro de Berlín ganó la pulseada el sistema capitalista cooptando la rebeldía setentista a su maquinaria marketinera, vaciando de sentido su aspecto conflictivo. Él decía al respecto: “Se quedaron con todo, se quedaron con el sistema y se quedaron con el circo. Ahora vas a comprar pañales para tu bebé y de fondo escuchas Satisfaction. Te vas a comprar unos jean Levi’s y vienen con flores hippies, con la psicodelia, con todo el circo”.

Un grande, lástima que los mismos gags había utilizado en una clase anterior, en Mi verdadera comisión. Me reí de todos modos por segunda vez, pero me pregunté si esa manera que yo pensaba era espontánea y brillante, en realidad, no era más que un sketch ensayado hasta el hartazgo a fuerza de horas-clase.

De cualquier forma, ya no importaba. Mi sonrisa alicaída se mostró resistente a cualquier percance. El sistema lo había copado todo y, en su peor cara tercermundista, se había manifestado hoy, frente a mí, con toda su pobreza. A pesar de ello, yo me sentí feliz de poder, en un ínfimo acto de rebeldía, volver a casa cantando Satisfaction :)